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El Afinador de Pianos

 

“El Afinador de Pianos” de Guillermo Degiovanángelo, 176 páginas, Ediciones del Pescador, Mastergraf  SRL, Montevideo, 2011.
Dos libros “Campos de maíz con vuelo de tordos” y “El afinador de pianos” –ambos premiados por el Ministerio de Educación y Cultura- conforman esta obra que acrece, significativamente, la rica narrativa de autores canarios donde descuellan el mítico Javier de Viana y el recordado profesor e insigne autor Milton Stelardo. Narrativa también enriquecida en los últimos tiempos con las nuevas y ya celebradas voces de Martín Bentancor y María García Marichal.
En los primeros cuentos campea la poesía de modo natural (recordamos que Guillermo también es poeta); en otros, la escritura se vuelve, en parte, más descarnada; y en los más recientes, su pluma se abre en un abanico de variadas temáticas y escenarios: lo cercano ( Santa Lucía, el Río, la Cañada), lo lejano (Times Square, Nueva York, Manhattan);  y de personajes –reales o imaginarios- pero siempre verosímiles. No faltan los aspectos autobiográficos y anecdóticos integrados con naturalidad a los relatos. Por ejemplo, los recuerdos de infancia, las navidades en familia, el despertar adolescente y su búsqueda de la soledad, premonitorios de su veta creadora: “Mi adolescencia estuvo llena de esa rica luminosidad espiritual que sólo provee la soledad. Mi familia y mis amigos nunca dejaron de rodearme; nunca me faltó afecto de nadie; pero yo sabía arreglármelas para apartarme de todo el mundo y así quedarme durante horas soñando en soledad. El verano me traía las vacaciones y me liberaba de los compromisos de estudiante. Lo que más me gustaba era ir al arroyo con algún libro, y pasar tendido bajo los árboles la tarde entera”  (“Canción de Navidad”).
En “El rostro de Isidoro” (por Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont, uno de los tres grandes poetas que Uruguay dio a Francia),  con hallazgos literarios más allá de la búsqueda del verdadero rostro del poeta, Guillermo va conformando un excelente relato, despojado de los trillados cánones y revelador de otras potencialidades narrativas. Tangencialmente trae a nuestra memoria el recuerdo de Álvaro Armando Vasseur, tan ligado a Santa Lucía, poeta que integró la irrepetible pléyade novecentista.
La atmósfera creada en “El Afinador de Pianos” recuerda, en veces, algunos relatos de Dostoiewski. Cuento de notable belleza, prodiga imágenes que se quedan en la retina del lector como “la niebla tragándose la ciudad”; el cuadro de Lionello Balestrieri “una reproducción en colores, un poco apagados y opacos, de la obra titulada ‘Escuchando a Beethoven”; el afinador “Salí otra vez a la calle y caminé sin rumbo determinado… al doblar la esquina me llamó la atención la fuerte iluminación que golpeaba a la niebla… Era una casa de venta y de reparación de pianos… en uno de ellos estaba trabajando un hombre. Sentado ante el piano tocaba una nota repetidas veces, luego con alguna de las herramientas que tomaba de una valija que tenía al lado, introducía medio cuerpo dentro de la caja armónica del piano…”; la imprenta, la ventana, la lucha entre la música y el silencio; y la revelación: “…Con el dedo mayor de la mano izquierda pulsó bastante fuerte una nota sin dejar de mirarme fijo con su expresión impávida. La nota saltó fuera del piano, fuera de las vidrieras; penetró en la espesa cerrazón y fue perdiendo su sonido hasta el silencio total. El afinador de pianos continuaba mirándome con persistencia sin hacer ningún gesto… Quedó por el resto de la noche el silencio posterior a esa nota y la expectativa de todas las demás posibles. Mientras regresaba a casa, no sé por qué con tanto apuro, me perseguía la imagen del afinador allí sentado, de costado, con ese traje oscuro, metiendo de vez en cuando las manos y el cuerpo en las entrañas de aquel instrumento… Esa noche quedó grabada en mí. Fue la noche en que me convertí al Santo Silencio. Yo, que había sido un obstinado cazador de sonidos, un incansable buscador de músicas, que ni bien lograba apresar una, ya estaban mis sentidos dirigiéndose a la caza de otras; fue ahí donde comprendí  que sólo en el silencio estaban todas las músicas posibles. Como un divino espíritu que descendiera sobre mí, recibí en mi alma el acceso fortuito a la música total del universo.”
Celebramos este rencuentro con la pluma de Guillermo Degiovanángelo, excelente y prolífico narrador  de bien ganado prestigio en nuestras letras.
Una magnífica impresión, realzada por el trabajo de la diagramadora Sra. Karina Scalabrini, suman otros motivos de encanto a este libro, cuya lectura recomendamos.

Un fragmento. Compartimos, ahora, con nuestros lectores, un fragmento del cuento “El rostro de Isidoro”:

“Vagaba por la ciudad de Santa Lucía en una fría noche de julio; la luna llena creaba espectros lumínicos con la niebla que iba y venía por las calles; el río olía a húmedas sombras nocturnas; las casas viejas  (¡cuántas casas viejas!) parecían  más viejas bañadas por esa niebla donde la luna reflejaba su luz aguachenta. En una casa semiderruida, iluminada una habitación por una simple lamparilla de transparente luz, se encontraba Max, dibujando en mi mismo estilo, figuras espantadas de las pesadillas.
En efecto, Max hacía surgir de su pluma macabras danzas al calor de un pobre Primus fatigado, ruidoso y porfiado. Es un alma gemela a la mía, pensé para mí, mientras trataba de divisar en la penumbra el tendedero de dibujos de todos los tamaños que colgaban en la pieza, como quien pusiera a secar paños y más paños… como una nocturna lavandera. El soplido del raquítico fuego verde-azulado del Primus los hacía balancear en la crujiente pieza de piso de madera carcomida y parecían que tomaran vida… si vida podría llamársele a lo que representaban las terroríficas escenas. Asombrado penetré en la pieza teniendo sumo cuidado en no tropezar con esa escandalosa cocinilla, ni con el tintero, ni con el vaso, ni con la damajuana. Max adivinó más que vio mi cara de fascinación y me invitó a observar los dibujos, que no precisaban explicación alguna, pues ya los entendía a la perfección. Sentados luego en sendos cajones que todavía conservaban el aroma de alguna vendimia pasada, ese fuerte olor de bodega subterránea, y con dos tarros a modo de vasos (uno que fue en otro tiempo de arvejas al natural  y el que sostenía Max en cuya etiqueta podía distinguirse aún que había sido de choclo en grano), nos dedicamos a filosofar por el resto de la noche unidos por el vino.
Así fue como conocí y luego intimé con este gran amigo que ahora invoco en estas páginas y que nos acompañará hasta el fin de mi relato, pues como se verá, fue con Max que logramos llegar al verdadero rostro de Isidoro.”

* * *
En una tosca mesa hecha con palos retorcidos junto al río Santa Lucía, estábamos sentados Max y yo, dos fenomenales tomadores de vino, empeñados en nuestra heroica tarea: no dejar ni un vaso lleno… pero tampoco vacío. Cansados de ir y venir desde la cantina a la mesa y de la mesa a la cantina a escanciarnos el violáceo líquido, el bolichero optó por dejarnos una damajuana llena hasta el gollete. Allí entre vasos y más vasos, le conté a Max de nuestra altruista misión: que toda la cultura de la humanidad dependía de nosotros. Nosotros, en efecto, debíamos reinventar la historia. Le conté lo del no-rostro de Isidoro y de mis métodos ideados para llegar a él… Así fuimos anotando cada paso; haciendo un punteo que luego se transformó en un plan general. Esa misma noche salimos, munidos de blancos papeles, plumas y tinta china  en una latita de paté (¡paté de foie gras!) a conseguir bocetos para un posterior estudio…”

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