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jueves, 07 de febrero de 2008

Kavadivas

(Cuentos con Psicología)

Publicaciones Recibidas. «Kavadivas» de Maritza Barreto, 104

páginas, Altovolta ediciones, Chile, noviembre de 2006.

Continente y contenido en ideal conjunción hacen de este libro un hito de la nueva narrativa latinoamericana. La introducción y texto de contratapa nos familiarizan con la autora (chilena, con estudios y formación académica en la Universidad de la República de nuestro país). A sus nueve años, vislumbraba ya los mágicos caminos de la palabra, con incipiente cuanto prometedora pluma (tendido «medio cuerpo sobre la mesa del comedor… lápiz y papel en mano») y el estímulo paternal. Años después, ordenador y editor pusieron alas a sus sueños.  

Y hoy, segura de su métier, con la apostura de una heroína ante el misterio, consciente de la «eternidad» de cada instante «efímero» y fiel a la sentencia «conócete a ti mismo», descubre en el fluir inconstante de la vida, caminos no hollados para su imperiosa voluntad de creación.  Así nos dice: «Mi quehacer se ha convertido en un permanente crear, inventar, probar y equivocarme para volver luego a empezar. Mi existir acontece como una gran ola que ha retrocedido retirándose hacia el centro mismo del océano donde encuentra su comienzo. Me hallo en el preciso instante en que se detiene suspendida en el tiempo y el espacio, para volver con la inmensa fuerza que le ha dado el repliegue hacia sus propias entrañas…»

 En el prólogo, anota el argentino Marcelo Galliano: «Martiza Barreto, chilena, y conocedora de la tradición cuentística sudamericana, empuña su formación psicoanalítica para dar forma a estas historias. Si la novela psicologista puede resultar, salvo destacadas excepciones, un desgastante viaje utópico, el cuento psicologista, con sus hiatos y sus interrogantes tácitos, suele presentarse como una breve fantasía infinita -si me es permitido el oxímoron-. Este parece ser el inquietante objetivo de esta mujer…»

 La obra estructurada en cinco partes: «Cuentos psicológicos», «Cuentos de cuentas», «Cuento de luna llena», «Cuentos de cien palabras» y «Nouvelles» es de lectura ágil y atrapante. En sus cuentos breves, tumultuosos o serenos, remansados o envolventes, ora con un «final que se adivina» ora con un desenlace inesperado, revelador o desconcer tante así como en sus «Nouvelles» ( a modo de preparación para obras de más largo aliento), trabajados con altura y responsabilidad, dicen de su maestría en el género. Bienvenido, pues, este libro como un aura vivificante que acrece la rica bibliografía americana. Como es norma en esta página, compartimos con nuestros lectores algunos textos.

 

 

El amigo

Lo había conocido hacía ya treinta años. Por eso cuando la Flaca oyó la noticia luego de una larga y penosa enfermedad dejó de existir hoy, lunes 4 de marzo, nuestro compañero de labores y conocido artista señor Pedro Blanes  le subió el volumen al televisor y dejó, que en la otra habitación, en la radio siguiera sonando «… caminito que el tiempo ha borrado…» en su estación favorita a la hora de los tangos. Se acercó con cautela, llevándose una mano a la boca como para sofocar un gemido y con la esperanza de haber escuchado mal el señor Blanes destacado compositor de varias obras para guitarra y orquesta, dirigió innumerables cantatas en nuestra región. Padre putativo de muchos de nuestros músicos que hoy andan por el mundo representando a nuestro país o que el informativista se hubiera equivocado al leer. Entonces pudo ver en la pantalla el largo cortejo de gente de negro que más parecía arreglada para una fiesta que para un sepelio, muchas flores, un vasto campo de pasto verde, grandes lentes oscuros para mal ocultar una pena formal, pañuelos con lágrimas, lápidas y cruces de mármol, todo lo cual bajo un radiante sol dado que el señor Blanes fue también profesor de la Facultad de Artes y del Conservatorio de Música. Recordó la noche que lo reencontró en un bar de Valparaíso después de 27 años de no verse y lo invitó a conocer su nuevo apartamentito a los pies de un cerro frente al mar. Pablo era de carácter alegre, sin embargo, luego de conocer su diagnóstico cayó en una profunda depresión y desde entonces no volvió a salir de su casa… «el amor es lindo», pensó ella, «son las personas que se encargan de envilecerlo y desvirtuarlo»… y en la habitación contigua: «he venido por última vez…».

La Flaca era esencialmente generosa, más aún con él, a quien tenía el gusto de reencontrar ahora que estaba de regreso después de años de exilio. Por eso, ella estimó que la noche del reencuentro en el bar había sido providencial, «mágica» fue la palabra que usó cuando se lo contó a una amiga. Y creyó que para él también había sido importante volverla a ver, a abrazarla y sentirla cerca suyo como antes del… inesperado viaje. En los momentos más duros, Pablo la había acogido en su casa arriesgando la vida, puesto que ella era buscada a lo largo de todo el país. Ambos eran jóvenes. No alcanzaban los treinta y tenían el alma pletórica de sueños altruistas. No hubo tiempo para el amor entonces, aunque todos los compañeros y la gente que los conocía suponían que Pablo y la Flaca eran amantes… y creían haberlo confirmado cuando Pablo, medio en broma, la presentaba como tal… broma en la que se traslucía su deseo… claro está.

 La noche del reencuentro fue com pleta, al menos para la Flaca a quien los años se habían encargado de redondearle las angulosidades de su anatomía. Pablo le había alabado su nuevo aspecto más suave. La había acariciado con avidez, casi con desesperación y ella se ilusionó creyendo que él quería resarcirse de tantos años de desencuentros; hasta le susurró al oído algo de un mañana que ella, tontamente, interpretó como una promesa. Hubiera sido un maravilloso romance de amor maduro, porque ellos ya venían de vuelta por la vida y los unía una historia llena de acontecimientos que hacían a la Historia del continente en que les había tocado nacer. Historia de la que ellos eran parte y testigo. Por eso ella pensó que en Pablo también existía la voluntad de permanecer unidos ahora que se avecinaba el invierno en sus vidas. Pero él nunca volvió y ella no tuvo las agallas como para llamarlo o ir a buscarle y decirle unas cuantas cosas, como por ejemplo: «Pablo, por qué vas tirando pedazos de tu vida por ahí, por qué no te dejas cuidar como me lo pediste esa noche».

 Porque a Pablo se le había escapado una súplica cuando, temblando en los brazos de la Flaca, le dijo: «cuidame». Por eso ella esperó días y noches a que Pablo volviera, porque lo quería cuidar y hasta soñaba con verlo envejecer junto a ella. Pero él no volvió y la Flaca se sintió ingenua y ridícula. Sufrió todo este tiempo imaginando mil excusas para no entender que lo del él… era sólo un…

 «Así es, pudo haber sido una linda historia que él se ocupó de dejarla a nivel de un simple revolcón», se dijo, y sintió que se le agriaban la boca y el alma.

 Pablo la había amado esa única noche con desesperación, con voracidad. Y a la mañana siguiente, agradecido, se marchó diciéndole que «lo había pasado muy bien», frase que a la Flaca obviamente no le gustó, porque la encontró muy poco jugada. Y ahora ahí, en ese funeral haciendo de protagonista…. «bueno, siempre le gustó ese papel», pensó para sí… y quiso apagar el televisor cuando, horrorizada, escuchó su sentencia: el SIDA, se lleva hoy a un gran músico, un gran compositor y sobre todo… un gran amigo.

… y que el tiempo nos maté a los dos.

 

 Maritza Barreto

 
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