La Página Literaria Agua potable… El legado de Fynn
“Agua potable… El Legado de Fynn” de Alberto Mauricio Ferreira Castillo, 158 páginas, Tradinco, 2010. Una obra insoslayable para el conocimiento de los orígenes y la evolución de las aguas corrientes, desde la segunda mitad del siglo XIX en que la situación en la ciudad colonial era dramática, pasando por todos sus hitos y avatares, enriquecida con documentos, imágenes de época, historias inéditas y anécdotas, hasta el presente. El lenguaje ágil y ameno, la distribución en diez variados capítulos, tornan fácil y enriquecedora la lectura que cumple –y aún va más allá- del objetivo trazado por su autor: “Ilustrar a quienes diariamente abren una canilla y ven surgir el agua cristalina, ignorando de dónde viene, cómo se logra su reconocida potabilización y quienes están detrás de este esfuerzo…” En las páginas iniciales destaca, además –y a modo de adelanto- “la increíble hazaña de edificar una inmensa usina” porque “no muchos saben que la idea y planificación de la obra surgió de la mente y férrea voluntad de un ciudadano oriental, don Enrique Fynn” y hace un sincero cuanto justo y significativo homenaje a los guardias rotativos: “Día y noche… noche y día… el obrero que cumple funciones como ‘guardia rotativo’ sacrifica su tiempo normal en aras del semejante, por la ‘simpleza’ al decir de los superiores, de enviar agua las 24 horas del día. La apertura del grifo para que surja el agua potable en cualquier hogar de nuestro pequeño país, significa para el guardia rotativo la culminación de su esfuerzo, ya sea como operador del proceso de potabilización de la misma o como eficiente operador de los equipos de bombeo… Por la ‘Compañía de las Aguas Corrientes’, ‘The Montevideo Waterworks CºLtd.’ o actualmente ‘Obras Sanitarias del Estado’ han dejado impresa su huella de sacrificio y dedicación, cientos de obreros del plantel de guardias rotativos. Su presencia ha dejado en la memoria de historiadores y juglares, singulares anécdotas e historias… Los más infortunados llegaron al final de sus días padeciendo las consecuencias de las interminables emanaciones de fuel-oil, la manipulación de productos químicos o, con sus oídos destrozados por el alto nivel de decibeles, producto del impresionante ruido causado por el agua en las turbinas y los motores de las bombas centrífugas…” No faltan las ricas y poéticas referencias al Río: “Desde aquel 13 de diciembre de 1607 cuando dejó de llamársele Río de los Patos y Hernandarias lo bautizó con el nombre de Santa Lucía, un mundo entero conoció de él. Sus orillas pródigas en frondosa vegetación, final de ricas tierras, prometedoras de futuras nacientes cosechas, siempre indicaron al aventurero español el lugar elegido para poblar.” Don Francisco Alciaturi, que ingresó a la Compañía de los Ingleses por 1930, escribió también –cita el autor- sobre el río: “Pequeño, saltarín, rumoroso en los primeros tramos de su recorrido, creciendo poco a poco con la ayuda de los arroyos que paso a paso van aumentando su caudal, cada vez más majestuoso, cruzando campos y zonas de labor, prados y jardines, aldeas y ciudades, hasta llegar grandioso y espléndido, a confundirse con el mar en un abrazo sin fin; el mar, que no es morir como decía el poeta romántico, sino su integración al ciclo natural y armonioso del universo, para volver a empezar cuando, transformado en lluvia, retorne a sus nacientes para recomenzar de nuevo su recorrido”. En los capítulos IV y V nos ilustra sobre cómo era la vida en la época en que se inician los trabajos, las vicisitudes para el traslado de los materiales, los barcos y veleros, la lucha contra el pillaje con la presencia de Antonio Melo, el guardia civil que el Jefe Político de Canelones había nombrado para Los Cerrillos, el concurso de los escasos pobladores que arrendaban carros, carretas y bueyes para el acarreo de caños, maquinarias y demás. Así, “el 3 de octubre de 1868 comenzaron los trabajos tendientes a construir la enorme usina, utilizando la generosa piedra que allí abundaba…” En el capítulo IX se incluyen, además de las crónicas sobre las sequías y desbordes (con el registro de la altura alcanzada en sus crecientes por el Río desde 1885 a 1950), las líneas de bombeo, la evolución del consumo de agua, la Usina: Monumento Histórico, unas páginas esclarecedoras sobre el surgimiento de la población: “… Nació Aguas Corrientes allá por 1868. Ingleses, españoles, italianos, húngaros, alemanes y criollos, lo fundaron merced a la necesidad del trabajo diario que los obligaba a quedarse. Los propietarios de las tierras cercanas a donde trabajan los obreros de Fynn nunca quisieron fraccionar ni vender a éstos, pero sí les permitían levantar un rancho, previo acuerdo de un pago mensual por ocupar el terreno y el compromiso de que dicho rancho, en el caso de irse el ocupante, quedara para ser ‘arrendado’ a otro interesado. Años más tarde, y en época de los ingleses, éstos permitieron que los obreros levantaran sus casas dentro del predio de la Compañía, costumbre que se mantuvo hasta mucho después de ser adquirida por el Estado. El autor. Alberto Mauricio Ferreira Castillo nació en la ciudad de Santa Lucía el 25 de abril de 1943. Integra el plantel de operadores de OSE y cumple sus funciones en la Villa de Aguas Corrientes. Inició su carrera periodística por 1964 en CX 157 Radio Canelones, estuvo a cargo de la página deportiva del semanario “La Razón” y fue columnista del periódico “Espacio”, también de la capital canaria. Vivió en Toronto, Canadá, donde fundó el semanario bilingüe “Comercio” y la primera Liga de Básquetbol Latinoamericana en aquel país. Fue Edil Departamental en el período 1985- 1990. Notable autor de numerosas obras que van desde poemas hasta registros fotográficos, desde historias del fútbol hasta trabajos de investigación. Saludamos con nuestra más encendida enhorabuena la aparición de este libro “Agua potable… El legado de Fynn”, por la importancia de los valores señalados y compartimos con nuestros lectores un fragmento del discurso de don Enrique Fynn al inaugurarse una nueva etapa en1909: “Iniciados los trabajos de la obra, en una época en que se carecía de medios de descarga apropiados para los materiales pesados y hasta de caminos para la conducción de los mismos hubo que crearlo todo, a lo que se agrega que durante la ejecución de estas obras, la guerra civil que azotaba al país con su cortejo de calamidades, era una fuente de dificultades de todo género. Fue obra verdaderamente titánica, señores, llevar a cima estos trabajos, pero un propósito resuelto nos hizo perseverar con decisión y energía para su término dominando tales dificultades. Todo se venció, y en el aniversario patrio del 18 de julio de 1871, se inauguraron las obras, y pudo beberse la primera copa de agua del Santa Lucía, llevada a la ciudad capital, por el trayecto de 60 kilómetros…” G.M.
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