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jueves, 26 de agosto de 2010 |
La Página Literaria LA ESCALERA
Un beso a Natalia
Pareciera que el representante de Dios tiene mucho para decir por esa alma que ha equivocado el camino del Señor. ¿Le estará otorgando el perdón? ¿Buscará palabras para mitigar la culpa de haber abandonado este mundo sin confesar sus pecados? ¿Tratará de que el tribunal celeste sea indulgente con ella, que se ha ido sin la extremaunción? ¡Pero que abrevie por favor, que abrevie! Nadie se mueve. A veces se oye una tos fugaz y contenida, que parece cortar la letanía del sacerdote. ¡Al fin! Ve que varios brazos elevan el cajón y lo enfrentan al hueco del nicho. Oye el chirrido del féretro penetrando en la boca fría y oscura. Después un silencio denso, prolongado, interminable… No ha habido llantos, exclamaciones o gritos. Finalmente, quienes estaban en el frente inician el regreso. ¡Ya era hora! También él se encamina hacia la salida. Desea dar largas zancadas para llegar más pronto, pero el temor al “qué dirán” de quienes vienen detrás se lo impide. Aún así camina de prisa. Pasa el portón solitario, cruza la calle sin mirar hacia los costados y llega a la plazoleta donde está aparcada su moto. Recién entonces mira el reloj. ¡Maldición, faltan dos minutos para las diecisiete horas! Debía haber regresado mucho antes. Tiene que finalizar expedientes que el jefe solicitó con urgencia para remitirlos a la casa central en Montevideo. Con desesperación oprime el botón de arranque una y otra vez pero el motor se niega a arrancar; la gente que sale de la necrópolis comienza a entrar en sus respectivos coches. Lo invade el nerviosismo. ¡Es un aparato nuevo, con apenas una semana de uso, no puede fallar! ¡Vaya estupidez! No ha dado contacto. Gira la llave, oprime el botón amarillo y enseguida escucha el suave ronroneo del motor bien lubricado. Varios autos se le adelantaron y ya se alejan; antes de girar alcanza a ver en el portón de entrada a los familiares recibiendo el abrazo o el beso de despedida de algunos rezagados. Parte raudamente. ¡No debió haber venido! Con el saludo en la sala mortuoria ya estaba cumplido, todos saben que estaba dentro de su horario de trabajo… además se había enterado por casualidad…Es cierto que la muerta era una vecina con muchos años de residencia en el barrio y aparentemente querida por todos. En esos casos hay un deber, casi una obligación ineludible. Pero el trabajo es el trabajo y hay que cuidarlo. Le costó mucho lograr ese puesto, más de ochenta aspirantes presentaron sus currículos y únicamente diez llegaron a la prueba final donde serían seleccionados dos. Sí, es escaso el tiempo de que dispone pues debe entregar los expedientes, cueste lo que cueste, antes de las dieciocho horas. Acelera… llega a cuarenta, el máximo permitido en esa vía de tránsito. Normalmente no pasa de los treinta kilómetros por hora ya que siempre sale con el tiempo suficiente para no arriesgarse a sufrir un accidente. Sabe muy bien que el exceso de velocidad es la causa de la mayoría. “Piano, piano se va lontano” ha dicho más de una vez. Pero hoy es distinto; no quiere recibir una fuerte reprimenda, o, peor aún, la suspensión. Va por una vía preferencial, se arriesga y gira levemente el mango del acelerador. La aguja llega a cuarenta y cinco… no ignora que está cometiendo una infracción. ¿Por qué será que cuando se tiene prisa surgen los obstáculos? Observa que en la esquina siguiente una cinta amarilla cierra el paso. Un policía de tránsito, con un brazo extendido, señala que los vehículos deberán girar a la izquierda y tomar un nuevo recorrido. Maldice una y otra vez. El nuevo trayecto lo habrá de alejar varias cuadras de la oficina y no podrá sobrepasar la velocidad límite pues circulará por calles que no son de preferencia. El tránsito se hace lento por el aumento sorpresivo de automóviles obligados a seguir el nuevo recorrido. Tres cuadras más adelante, un camión, cargado de muebles, lentifica aún más el movimiento vehicular que marcha a una velocidad exasperante para quien tiene prisa. Su diestra realiza un rápido movimiento y arriesgadamente sobrepasa a seis o siete coches. Ahora el vehículo más cercano está a más de cincuenta metros… aumenta la velocidad. No puede arriesgarse a una suspensión, menos aún a ser despedido; el sueldo es muy bueno y los ascensos habrán de llegar si en sus fojas de servicio no hay manchas que lo entorpezcan. En la próxima esquina los autos vendrán desde la izquierda… él tiene preferencia y deberá aprovecharla. La camioneta surgió en el momento menos esperado, a alta velocidad y haciendo caso omiso al PARE. Apenas si pudo notar el brillante parachoques y la cabina azul que avanzaba raudamente hacia él. Un pequeño y rápido giro a la derecha y aceleró para escapar al impacto. El comercio de la esquina pareció venir en su dirección. Alcanzó a notar la foto en tamaño natural de Natalia Oreiro, sonriente, en la conocida propaganda de productos Lay’s, vistiendo un pantaloncito negro, corto, y un top celeste. ¡Un pequeño movimiento a la izquierda le impediría impactar! En ese momento la camioneta golpea violentamente en la parte trasera de la motocicleta. Se sintió despedido por el aire. El rostro golpeó en el vientre desnudo de la actriz cantante. Sus labios permanecieron por un instante unidos al ombligo, marcándolo con un leve trazo rosado, cual mordedura de amante. En ese resplandor de estrellas que llega después de cada golpe, y, mientras su cuerpo se iba deslizando hacia el piso, le pareció ver una escalera dorada. Enseguida tomó un tono rosa subido, caliente y dulzón. Luego se fue difuminando… lo envolvieron las tinieblas… oscuras… más oscuras que nunca. Juan Sosa
Tacuarembó, julio de 2010
(Concluye en el próximo número) |
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