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jueves, 29 de julio de 2010 |
La Página Literaria A Cada Cual lo Suyo II
Hay que transitar sequías para darse cuenta de la bendición que significa un poco de lluvia. A.L.M.
De este libro reseñado en nuestro número anterior, especial envío de su autor, Aledo Luis Meloni, desde Resistencia, Chaco, hemos seleccionado otros textos que son representativos de su prosa –Meloni es, sobre todo, un poeta genial-. En ellos, se aprecia el humor, la visión personal y certera de su tiempo, su postura ante el Arte, su rica experiencia de docente y escritor, entre otros rasgos que hacen a su rica creación, “rescatada, en esta obra, de su trabajo periodístico –no sólo fue corrector- en el periódico “Norte” de aquella capital provincial. Dice, por ejemplo, del retrato, a propósito de la obra de María Cristina Matta: “El retrato es un instante de vida captado y retenido como un pájaro apresado al vuelo con la mano; o, también, como una boya encendida en ese río misterioso que es el tiempo y que tanto inquietaba a Virgilio, el poeta de la antigua Roma: Fugit irreparabile tempus. Río misterioso, agua generadora de la vida, pero también de la destrucción y del olvido.” Y de la poesía: “Como una compañera sincera y fiel –así es el verdadero amor- la poesía ayuda a recorrer los tramos difíciles, las encrucijadas insólitas, que siempre, a modo de una caja de sorpresas, trae consigo la vida. Ayuda a sostenerse como el cayado de los antiguos romeros.” Y, sobre el arte: “El arte, según dicen, es una larga paciencia; podría decirse también que es una gozosa pero incoercible ansiedad de crear con armonía… La literatura, y el arte todo, exigen una renovación constante, como constante es la renovación de la vida y también de los gustos estéticos. El lector quiere asomarse a nuevos horizontes; a otros ángulos de visión; busca respuestas diferentes a su inquietud espiritual.” Y a los músicos, dedica estas palabras entrañables: “Elegir la música como medio de expresión artística, crearla si uno tiene el privilegio de la inspiración necesaria, o ejecutar la ajena, mediante el instrumento preferido, es ingresar en un territorio mágico: el del sonido armonioso; el que puede interpretar con mayor autenticidad y sutileza que las otras artes –sus hermanas- los sentimientos del corazón del hombre: el dolor, la alegría, el amor, la desesperanza. La música llega donde no alcanza a llegar la palabra del poeta, la forma del escultor o el color y la línea del pintor. De todas las artes, ella es la que está más consustanciada con lo sublime; la que más se asemeja a la voz de Dios, que es indefinida, pura sugerencia. A la legión de músicos, creadores o ejecutantes, les cabría la expresión de Jesús, refiriéndose a María de Betania: “Ella ha elegido la mejor parte.
Para vender libros de poesía
Y en tiempos en que no es fácil vender libros, nos recuerda el original artilugio de un escritor de su época: “Un poeta que publicaba y no vendía ideó una estratagema para revertir tal situación: publicó un libro, primorosamente editado y envuelto en papel celofán, y en la tapa colocó una cuarteta que decía: ‘No abra este libro, lector;/ yo como autor se lo advierto,/ porque este libro cerrado/ vale mucho más que abierto’. La curiosidad de la gente lectora hizo lo demás.”
Las memorias de un corrector de “Norte”
“ Barco a la deriva. ‘Norte’, a pesar de la ilusionada y optimista visión de sus fundadores, nació con graves problemas; yo lo compararía con un niño sietemesino. Sus años iniciales fueron muy difíciles: afrontó adversidades que lo tuvieron a un paso de la muerte; adversidades que en una ocasión me valieron la suerte de recibir un libro, en vísperas de Navidad, con la dedicatoria más exacta, y a la vez más poética, que he leído. El libro era “El rumbo de las islas perdidas” de Raúl González Tuñón, y la dedicatoria decía: ‘Aledo, el 24 de diciembre de 1969 estuvimos juntos en un barco a la deriva: el Diario Norte. ¿Llegaremos a una isla perdida? Guido”. El firmante –Guido Miranda, amigo entrañable- era en esa época el director del diario. La mar en coche. Sin avisos y sin lectores, ‘Norte’ casi olía a cadáver, y lo vino a salvar una sección que llevaba por título ‘La mar en coche’. La escribía otro inolvidable y querido amigo, Ramón Tissera, gran periodista además de inspirado historiador. La sección era la caldera del rumor, del chisme; y tuvo un éxito rotundo; el diario comenzó a venderse bien. Está visto que el chisme puede interesar más que la crónica sensata. Cuando mermó el material y sobre todo la imaginación de su redactor, ‘La mar en coche’ tuvo que desaparecer para desencanto de sus innumerables y ávidos lectores, además creo que algo tuvo que ver algún conato de juicio por calumnia. Pero el diario ya caminaba. La primera casa. Frente al hermoso y confortable edificio actual de ‘Norte’, ¿cómo no recordar el viejo local de la calle Yrigoyen? Era un destartalado galpón. Le faltaba todo, y entre ese todo le faltaba una puerta, precisamente la que daba a Corrección. Por su abertura el viento helado del invierno penetraba a galope tendido, como deben haber entrado en la aterrorizada Europa las hordas de Atila. Durante dos años reclamamos la puerta, aunque fuera una de cartón. Todo era en vano. Como última alternativa se me ocurrió escribir una cuarteta y la coloqué en el dintel. La cuarteta decía así: ‘Dos años, puerta, sin verte;/ dos años de vana espera;/ ah, si como tú la muerte/ tan lentamente viniera’. Sobre ese hueco el cartelito se volvió amarillo; eso sí, mi aspiración respecto a ‘la que nos lleva sin ningún distingo’ y ‘cómo y cuándo se le da la gana’ por suerte se va cumpliendo, cumpliendo… La encrucijada más brava. Cobrábamos poco y muy espaciado: el mes solía tener cincuenta, sesenta y aún más días. Y en consecuencia librábamos memorables batallas, pero no románticas, por una mujer, como la guerra de Troya, sino bien prosaicas, por el vil metal, indispensable para vivir. La más espectacular de todas fue la que libramos un día tras una larga huelga: consistió en la edición del diario contra la cerrada oposición de sus dueños y de su director. ¡Qué espectáculo inolvidable! Entre el ulular a toda potencia de la sirena de la Marinori, que hacía vibrar la ciudad, desde el techo del edificio arrojábamos los ejemplares a medida que iban saliendo, y una multitud azorada que se iba agolpando en la calle, frente al diario, arrebataba y leía. Intervino la policía, registró nuestros datos, pero don Marcelino Castelán, que sin duda sentía una gran debilidad por su criatura de papel y tinta, arregló el entuerto policial, echó mano a sus novillos, nos pagó y el diario volvió a ser pregonado legalmente en las calles de Resistencia. Ésa fue la encrucijada más brava que tuvo Norte. Tuvo muchas más pero no de tal magnitud. La paja en el ojo ajeno. Mi principal tarea en el diario fue la de corrector: tarea que nada tiene de bueno ni de humano: Sólo busca los errores ajenos: claro, que de los errores del corrector se ocupan los demás: del director hacia abajo, todos. Y así suele irle al pobre. Un día respetuosamente expuse mi problema de conciencia a Dios: ‘Señor, mi oficio no es bueno,/ pues busco obstinado y frío,/ la paja en el ojo ajeno/ y no la viga en el mío.// Señor, mi oficio no es justo/ y su injusticia sorprende:/ si no perdono me pagan;/ si perdono me suspenden.// Y aunque no es bueno ni justo/ el trabajo que me han dado/ Señor, lo hago con gusto;/ y en el gusto está el pecado”.
Aledo Luis Meloni
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