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jueves, 15 de julio de 2010 |
La Página Literaria Jura de la Constitución A 180 Años
La gesta oriental se singulariza por una serie de hechos de extraordinaria fuerza moral y de excepcional grandeza cívica, uno solo de los cuales bastaría para llenar de orgullo a cualquiera nación del mundo, baste citar, entre otros: el Éxodo, el Congreso de Abril, la Cruzada Libertadora, la Asamblea de la Florida… pero, detengámonos en la ciudad colonial el 1º de mayo de 1829: Las fuerzas orientales, comandadas por el coronel Manuel Oribe, entraban por el portón de San Pedro para recibir formalmente la ciudad de las autoridades imperiales, luego de doce años de dominación luso-brasileña. Ramas de sauces y de laureles llevadas desde Los Cerrillos y el Miguelete adornaron, en aquella ocasión tan señalada en que nuestra patria recobraba la definitiva libertad, las calles y la Plaza Matriz por donde el Gobierno, la Asamblea y el Pueblo todo desfilaron exteriorizando su júbilo. Y otra gran fiesta, de ejemplar contenido cívico, estaría reservada a los orientales de entonces: la Jura de la Primera Carta Magna, el 18 de julio de 1830. La Asamblea Constituyente y Legislativa del Estado, reunida en la Aguada y presidida por don Silvestre Blanco, designó una Comisión Especial encargada de redactar el Código fundamental, la que trabajó teniendo en cuenta, entre otras fuentes, los textos constitucionales de España, Francia, Estados Unidos de Norteamérica y los de las Provincias Unidas de 1819 y 1826. Terminada su labor, la Comisión de Constitución y Legislación se presentó ante la Asamblea donde el miembro informante don José Ellauri, con alta elocuencia que reflejaba el preclaro espíritu e ilustración de sus integrantes, expresó: “La Comisión, no puede menos de recordar con el mayor placer y entusiasmo, el noble origen a que debemos el nuevo ser independiente de que ya hoy gozamos y que nos disponemos a consolidar por medio de las leyes fundamentales. Si gloriosa ha sido la revolución general de la América, heroica y sin ejemplo fue la de este territorio… Disimúleseme que, en la efusión del gozo de que mi alma se enajena, al ver llegar con pasos tan rápidos como majestuosos el día grande de nuestra Nación, rinda el justo homenaje de mi gratitud a esos ínclitos y valientes ciudadanos que supieron comprarnos con su ilustre sangre un bien tan inapreciable…” A su vez, la Asamblea en el Manifiesto a los Pueblos que representa y después de una profusa referencia a tantos sacrificios, vicisitudes, desastres e incertidumbres que costó la libertad de la Patria, enfatizó: “La igualdad ante la Ley, la libertad que no se opone a ésta, y la seguridad de las personas y propiedades, son la base de donde arranca la felicidad de los ciudadanos y el engrandecimiento de las Naciones…”
18 de Julio
Loor a la Jura de la Ley Primera. Juramento que nos hace pensar en otro premonitorio: el de los Treinta y Tres en la Agraciada y que, en la Plaza Matriz de la vieja colonia, como nunca alegre, como nunca bulliciosa, colorida de vivas y banderas, con magníficos arcos de triunfo en las cuatro esquinas y el gran estrado levantado en el centro, desde donde el Alcalde Ordinario tomaría el “¡Sí, juro!”, solemne, de todo un pueblo, proclamó a los cuatro vientos el surgimiento de la joven República. Los Representantes de los Pueblos Orientales cumplieron una obra admirable y según sus propias palabras -en el texto de la Constitución- “con los vehementes deseos de nuestros representados, en orden a proveer a su común defensa y tranquilidad interior, a establecerles justicia, a promover el bien y la felicidad general, asegurando los derechos y prerrogativas de su libertad civil y política, propiedad e igualdad, fijando las bases fundamentales y una forma de gobierno que les afiance aquéllos.”. Texto primigenio donde se destacan también las palabras del miembro informante doctor José Ellauri: “Apresurémonos, pues, Señores, a cumplir de un modo digno los votos de nuestros comitentes llenos de ese fuego sagrado que inspira el verdadero amor a la Patria; desprendámonos de todo sentimiento que no sea el del bien y felicidad de los pueblos, cuyo pacto social vamos a establecer en su nombre”. El Juramento realizado simultáneamente en Montevideo y en los demás pueblos de la República fue, luego de acordado, como con una rúbrica de color y de alegría, saludado con tres vivas: a la Constitución, a la República y a la Honorable Asamblea General Constituyente y Legislativa del Estado. Por la tarde, en la Plaza Matriz, la solemnidad dio paso al entusiasmo del pueblo que coreó hasta el cansancio las canciones patrias, ambiente de fiesta y alegría que se prolongó por tres días más, con funciones de gala en la Casa de Comedias. El sueño del Prócer, de los Treinta y Tres, de tantos orientales anónimos que dieron su sangre por la Patria se hacía realidad: una joven República, el Estado Oriental había nacido.
Gerardo Molina
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