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Cuentos de viajes Estado de gracia PDF Imprimir E-Mail
jueves, 08 de julio de 2010
La Página Literaria
Cuentos de viajes
 

Estado de gracia

Me despertó un aire fresco con olor de tierra húmeda.
En el umbral de la vigilia, no tenía muy claro dónde había dormido ni el origen de aquel  perfume nuevo que me alcanzaba desde una ventana entreabierta. Abrí los ojos muy  lentamente; frente a ellos se mecían unas pulcras cortinas de tela rústica. Entonces desperté por completo y me levanté: desde el cuarto podía ver la larga calle arbolada perdiéndose hacia el cielo todavía traslúcido; los madrugadores iniciaban su jornada y aparecían en las veredas todavía adormilados; se podía oír el canto del agua en la acequia... Estaba en una posada tranquila en las afueras de Mendoza.
Habían quedado atrás las largas horas de ómnibus en la pampa interminable, las charlas heterogéneas de mis compañeros de viaje, la sensación de desamparo que siempre me acomete en presencia de esas personas gregarias que se buscan y conviven una efímera vida en común en cualquier parte. Para mi natural solitario, la amabilidad de mis vecinos en los asientos del vehículo había sido una prueba.
Pero yo me desprendería en Mendoza para recorrer en un auto alquilado la tierra que estaba más allá de la ruta de los turistas; quería andar los caminos silenciosos de la precordillera, solo, con mis sentidos alerta, un mapa y un improvisado cuaderno de bitácora.
Amanecía cuando abandoné el hotelito  al volante de un Fiat bastante maltratado; había desayunado solo y me alegré de salir a la calma provinciana de fines de verano sin itinerarios previstos, de dejar atrás la bella ciudad adormecida aún e ingresar en los caminos angostos y rojizos que se perdían a  lo lejos.
La altiplanicie mendocina se inundaba de luz esa mañana; un viento suave con olor de montaña llegaba desde el oeste y, a la vera del camino, aparecían de pronto espesas alamedas que sombreaban las viñas y los huertos, o se tendían olivares grisáceos hacia el horizonte. Entonces, en la curva de un quebrado camino de piedra que ascendía hacia el nacimiento de los torrentes, lo vi: prístino, resplandeciendo contra el azul del cielo, grandioso en su eternidad, el Aconcagua permanecía con la memoria intacta de tiempos inimaginables.
Me detuve en un poblado de casas bajas, con acequias murmuradoras y álamos viejos. Los lugareños trabajaban en los campos y olía a uva madura. Sentí la emoción profunda de estar cerca de la gente que tenía el privilegio de estar allí, en aquel vergel casi perdido custodiado por la cumbre más alta de los Andes.
Dejé el auto a la sombra y entré en la cantina del lugar; varias mesas cubiertas de manteles de tela basta y el mostrador antiguo en la semioscuridad fresca del interior, hicieron que mi vida rutinaria pareciera más lejana aún que la algarabía del ómnibus de excursión, que la sencilla posada de la ciudad... lejana en el tiempo más que en el espacio. Pensé que podría quedarme allí para siempre.
Un hombre grueso y canoso salió de detrás por una puerta que daba a un patio exuberante de plantas y me atendió, hablando con el eco cadencioso de los cuyanos.
-Es de Buenos Aires?
Me servía un vino rojo oscuro con destellos dorados mientras yo hincaba el diente en una empanada caliente y especiada. Me sentía en estado de gracia, suspendido en el aire que refrescaba la nieve de la cumbre vislumbrada.
-Soy de Montevideo.
-Ah... uruguayo. Voy a invitarlo con el pan de este pago, amigo.
Se perdió detrás del mostrador cuando la sombra de un hombre se detuvo bajo el dintel de la puerta. Escuché la voz del cantinero.

-Aquí llega Remigio Álvarez. Él hace el pan con el que lo voy a invitar.
Me puse de pie y tendí la mano a aquel hombre bajo y de facciones aindiadas que apretó con inesperada fuerza en el saludo breve. Tenía la piel gruesa curtida de sol y heladas; llevaba un sombrero de ala corta y faja en la cintura; en el brazo izquierdo, un canasto de mimbre cubierto con un lienzo blanco rebozaba hogazas de pan caliente y aromático.
Remigio dejó el canasto en el mostrador y lo invité a sentarse a mi lado. Cuando lo convidé con vino me rechazó con amabilidad y noté que me observaba con un interés un poco triste.
-Es forastero. ¿De dónde viene?
-Es uruguayo - se apresuró a responder el otro.
No habló mucho: podría decir que compartimos el tiempo y el silencio, aunque algunas veces me perdí en un quechua rescatado tal vez de su infancia. Se despidió al rato y salió a claridad con su canasto vacío, caminando con cierta dificultad entre las piedras; entonces caí en la cuenta de que era casi un anciano.
-Es un buen hombre Remigio Álvarez, señor- el cantinero se desplegaba entre la limpieza del mostrador y el horno de una cocina a leña en el que se hacían unas empanadas. - Usted se parece al hijo de él...
Los dos hijos se habían ido primero a trabajar en el circuito del vino, luego habían volado atraídos por el trabajo en la capital. Remigio había vendido el campo y se había quedado con la casita; la esposa había muerto hacía menos de un año y los hijos venían rara vez.
-¿No visitan a su padre solo?
-Las distancias, mi amigo, no son por estos lados lo que son en su país...
La gracia palidecía mientras veía desaparecer al viejo entre los árboles del camino. Me quedé en el lugar hasta bien entrada la tarde, recorriendo las viñas y las alamedas que temblaban al viento, escuchando el habla cantarina de los trabajadores que se afanaban entre hileras y almácigos.
Un sendero perdido me llevó hasta unos prados en los que pastaban un burrito atento y unas vacas taciturnas entre unas casas largas de techos sostenidos con piedras. En una de ellas, entre parrales densos y una huerta rodeada de naranjos, un hombre ponía leña en la puerta de un horno de barro: era Remigio Álvarez.
Muy lejos, la cumbre del Aconcagua se diluía en tonos malva y púrpura, inmutable y purísima.
                                      María García Marichal      
     
La autora.  María de los Ángeles García Marichal nació en Canelones el 2 de diciembre de 1959.  Creció en la zona rural de Los Cerrillos y luego se trasladó con su familia al área urbana, cuando aún ésta era una villa.  Estudió en la capital departamental y en Montevideo.  En 1979 comenzó a trabajar como profesora de Geografía en el liceo de la localidad, graduándose en el año 1985.  Desde entonces ha desempeñado su actividad docente en varios liceos públicos y privados del departamento de Canelones y de la Capital.  Ha trabajado en diferentes proyectos educativos a lo largo de su carrera y su vocación docente corre paralela a la literaria.  Lectora incansable, incursionó en la poesía en su adolescencia y su juventud, inspirada en el movimiento artístico propio de Los Cerrillos y con el apoyo del poeta Gerardo Molina.  Años después, inició el camino de la narrativa, principalmente con cuentos cortos y ensayos breves.  Uno de éstos: “La Criolla Oriental. Trascendiendo en
el tiempo”, recibió la Mención Especial en el  Concurso Literario a que convocó la sociedad Criolla “Dr. Elías Regules”, cuyo Jurado integraron prestigiosas figuras de nuestra literatura como Santos Inzaurralde y Silvia Puentes de Oyenard.  Recientemente, representó a nuestro país en el “19º Encuentro Americano de Escritores”, realizado en Santa María de Punilla, Carlos Paz y Cosquín, en la Provincia de Córdoba, República Argentina.  Trabaja y vive en la ciudad de Las Piedras. Está casada con Hugo Bordahandy y tiene dos hijos: Micaela y Facundo.
La Editorial Sudestada publicará en el próximo mes de agosto su primer libro “El Poeta y Otros Cuentos”.
 
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