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CRÓNICA DE UN TERREMOTO NO ANUNCIADO |
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jueves, 25 de marzo de 2010 |
La Página Literaria CRÓNICA DE UN TERREMOTO NO ANUNCIADO
La culpa quizás la tuvo Sara Montalván o tal vez yo mismo. Aunque lo más probable fuera la conjunción de las potencias telúricas andinas y la fuerza de los vientos huracanados del Caribe, elementos destructivos que la sabia naturaleza mantiene separados por miles de kilómetros. El asunto es que esta escritora peruana y yo nos encontramos por primera vez en Quito en abril de 2007 cuando asistimos al Congreso Internacional “La lectura como derecho y placer”, y en esa oportunidad se sintió un temblor de tierra en Ecuador. Al año siguiente, iba yo rumbo a Bolivia para participar en la Feria Internacional del Libro de La Paz y como debía hacer una escala de siete horas en el aeropuerto de Lima, Sara se ofreció para ir a mi encuentro y llevarme a conocer algunos sitios de esa ciudad, tomarnos un café y charlar un buen rato. Recuerdo que de regreso al aeropuerto me comentó que percibía un ambiente extraño en la atmósfera. Al día siguiente fue el terremoto de Perú que, entre otros lugares, dañó a la terminal aérea. Nuestra siguiente reunión fue en la capital chilena, durante el Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, y como a la tercera va la vencida, en la madrugada del 27 de febrero de 2010 se produjo el cuarto más potente terremoto que se haya registrado a nivel mundial en la historia de los sismos, capaz de inclinar en varios grados el eje central del planeta, acortar en segundos la duración del día y mover siete metros al este la ciudad de Concepción, además de causar centenares de muertos y millonarias pérdidas económicas y materiales. A las 3 horas y 30 minutos del susodicho día, motivado quizás por el vino ingerido en la cena que la Editorial ofreció a sus escritores, y nada que ver con problemas prostáticos, me tuve que levantar a hacer pis, y no hice más que poner de nuevo mi cabeza sobre la almohada, y fue como si un conjuro mágico me hubiese trasladado a un vagón de madera en un tren de segunda por una destartalada línea férrea: el mismo ruido y el mismo zarandeo, con la particularidad de que los objetos sobre las mesas comenzaron a caerse: botellas, lámparas y libros; se abrió el refrigerador y se salieron las latas y recipientes. Como ya en una vez anterior, unos años antes, experimenté esta sensación en un pequeño temblor en el mismo Santiago de Chile, sin consecuencia alguna, de primer momento no me asusté. Como hacía poco había recibido una información electrónica de qué hacer ante un sismo: nada de correr a las escaleras ni ponerse debajo del marco de las puertas, me dejé caer junto a mi cama, en lo que, en caso de caerse el techo (y el edificio) se crearía un espacio triangular que me permitiría conservar la vida hasta que me sacaran de debajo de los escombros (si es que los bomberos daban conmigo). Lo único que me hizo preocuparme, era que aquel supuesto viaje en tren no cesaba: quince, treinta, sesenta, noventa segundos…, los que dado el stress del momento se iban multiplicando por minutos, horas, y días. Cuando cesó, entonces fueron los gritos por los pasillos, las puertas que se abrían y los pasos apresurados. Motivado más por observar la reacción de los demás que por ser partícipe del caos, me vestí y, precavidamente, tomé mi pasaporte y dinero, bajé al lobby y salí a la calle. Con la primera persona que me encontré fue con una profesora medio arrogante y poco comunicativa que todo el tiempo se había mantenido muy distante de mí, pero que el miedo la hizo abrazarme en busca de protección. Había un señor grueso vestido solamente con unos calzoncillos de tela, de los que en Cuba llamamos “mata pasiones”, azulito tierno y adornado, por demás, con unos elefantitos amarillos; según me contaron, éste era huésped de otro hotel e iba corriendo, no sé para dónde, y allí lo detuvieron. Había también un matrimonio español: ella toda llorosa y asustada, mientras que él la protegía con su abrazo, mientras le aseguraba que morirían juntos (valiente consuelo, pero así son los caballeros de Castilla La Mancha, vaya). Mujeres descalzas, hombres a medio vestir, y todos asustados. Ambulancias y sirenas de carros patrulleros cruzando a toda velocidad por la Alameda de Santiago, y a cada momento el frenazo de autos que sin respetar los semáforos se veían obligados a detenerse para no chocar. Y como en la viña del Señor hay de todo, una escritora a quien sus compañeras de piso la instaron a que se vistiera para bajar, dijo que no lo haría sin asearse antes. Fue a su bañera, pero ésta se encontraba llena de escombros, así que se dirigió a otra habitación y le pidió a la huéspeda que huía que le permitiera bañarse allí. Lo hizo, se vistió, y como tampoco iba a bajar hecha un adefesio sin maquillarse, lo hizo, y se reunió toda espléndida con el resto de los evacuados. Estábamos como los pasajeros en la película Titanic sin saber qué hacer. Como nos encontrábamos al lado de la iglesia de San Francisco, acompañé a una querida amiga boliviana y nos acercamos al templo; allí nos encontramos con un sacristán que, alumbrando con una linterna, comprobó orgulloso que la imagen del santo no se había movido de su sitio. Yo soy agnóstico, pero como nunca se sabe, a un sacerdote de Montreal que acompañaba al sacristán le informé que había estudiado la enseñanza media en un colegio católico de curas canadienses. Si volvía el terremoto y perecíamos, llegaría ante Dios bien acompañado y recomendado por uno de sus siervos. Ante la tragedia que vivía el país, se decidió suspender el Congreso. Las réplicas eran constantes, por lo que permanecíamos la mayor parte del tiempo en el lobby del hotel (hubo hasta quienes durmieron allí las siguientes noches) y el tema de conversación durante los sucesivos días no fueron los libros y la literatura, sino cómo salir de allí, acosados por las terribles vistas que transmitía la televisión de las zonas devastadas. Los organizadores del evento estuvieron todo el tiempo atentos a nuestras necesidades, tratando de solucionar el problema de la partida. Algunos (portorriqueños, venezolanos y ecuatorianos) decidieron salir hacia Argentina por el Paso de los Libertadores (ahora de los liberados) y allí volar a sus respectivos países; también los argentinos. Varias bolivianas y peruanas hicieron a la inversa el recorrido de los colonizadores y viajaron hacia el norte en bus. Los brasileños fueron evacuados en el avión de Lula, su presidente, en la visita relámpago que éste hizo a Chile. Los colombianos, en una nave de las Fuerzas Aéreas de Colombia que vino a traer ayuda solidaria. Los españoles en el primer vuelo especial de Iberia. Y yo, sin visa para entrar a un tercer país, tuve que permanecer una semana más en Chile y ser el penúltimo de los evacuados del Congeso. Detrás de mí saldría una pobre guatemalteca a la que, a pesar de las gestiones a nivel de Ministros de RR.EE. de Guatemala, México y Chile, no la dejaron abordar el avión que fue por los mexicanos. A las doce de la noche del sábado 6 de marzo me llevaron al aeropuerto. Éste operaba de manera artesanal en una gran carpa junto a la pista. Por arrabales aledaños caminé empujando el carrito con mi maleta, hice una fila de más de dos horas de incertidumbre a la intemperie; pasé frío y me hubiera hecho falta un buen café, pero al fin pude llegar a un improvisado salón de espera donde me dormí sobre unos duros asientos, pero tan profundamente que los operadores del vuelo me tuvieron que llamar a viva voz para que abordara el avión. Hasta que al fin llegó el anhelado momento de que las ruedas de mi nave se levantaran del temblequeo del suelo chileno. Después hay quienes dicen que yo invento las cosas que siempre me ocurren cuando viajo. Por si acaso, Sara y yo hemos decidido mantener una amistad a distancia y no volvernos a encontrar nunca más, en ningún lugar del planeta. Luis Cabrera Delgado (cubano) Santa Clara,10 de marzo de 2010 |
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