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BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO 21 de Marzo: Día Mundial de la Poesía PDF Imprimir E-Mail
jueves, 18 de marzo de 2010
La Página Literaria
BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

21 de Marzo: Día Mundial de la Poesía

Con el objetivo de  “apoyar la diversidad lingüística a través de la expresión poética y la de ofrecer a las lenguas en peligro de extinción una posibilidad de ser escuchadas dentro de sus comunidades”, la UNESCO resolvió en el mes de noviembre de 1999 establecer el 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía.
Desde el “¡Poesía eres tú!” del inefable romántico sevillano  Gustavo Adolfo Bécquer, mucho se ha escrito intentando definir la poesía  que se encuentra entre las cosas indefinibles –como el citado autor lo señala, al mismo tiempo que afirma que “sólo los poetas podemos, si no definirla, por los menos caracterizarla-”.  Así,  dice Amado Alonso: “la poesía es un fervor y una claridad” y León Felipe : “la poesía no es más que un sistema luminoso de señales”.
También nosotros, salvando las distancias, hemos intentado algunas notas para su caracterización. Así expresamos: la poesía es la materialización de una emoción o de un latido vuelto armonías que echan a volar por el alma de la palabra; y también: la poesía es una vibración que, nacida en el alma del poeta, despierta en otras almas nuevas vibraciones; y la que más nos gusta: la poesía es el verbo enamorado.
En esta ocasión, y para celebrar la señalada fecha, recordaremos  al poeta Baldomero Fernández Moreno, cuya ascendencia española se refleja en una obra castiza , en veces provinciana, y popular.

Fernández Moreno por Fernández Moreno

En un discurso de 1924, ante un auditorio presto a escuchar sus versos, Baldomero Fernández Moreno expresó: “Yo, señores, nací en  esta ciudad (Buenos Aires) el 15 de noviembre de 1886, de padres españoles dueños de más que mediana fortuna.  A los tres o cuatro años fui llevado a España donde viví entre el mar y las montañas cantábricas, en la aldea paterna.  Pasé en Madrid algún tiempo, de estudiante, en casa de un tío, del que no olvidaré nunca la levita solemne y la chistera de ocho reflejos con que se pavoneaba por la calle de Alcalá arriba y abajo.  De esta mi niñez en la península y de mi gran amor por ella proviene este acento español que habréis notado y que me acompañará mientras viva.  De regreso a Buenos Aires, cursé el bachillerato en el viejo Colegio Nacional Central y en 1912 me recibí de médico por la Facultad de mi ciudad nativa. Hacía ya tiempo que cometía versos, y más de uno ha de poder leerse todavía en las anchas márgenes del Testut clásico.  Desvanecida por esta época la fortuna familiar y apremiando la vida, con mi flamante diploma bajo el brazo hube de salir a ganármela por esos campos de Dios, y así he gastado una buena parte de mi juventud por la provincia y por La Pampa, ora en un pueblo, ora en otro, y con varia suerte, hasta este año en que me he venido a Buenos Aires, tal vez definitivamente.  Me casé en 1919 con una mujer que se llama apenas Negrita, y de la que tengo un hijo radiante que se llama César.
Entendámonos: si os he hablado de mi vida no ha sido por el vano placer de hacerlo sino porque ello era necesario para la mejor comprensión de mi obra.  Paralela a mi trabajo de médico, se desarrollaba mi labor de poeta y si en una hoja de recetario escribía un récipe cualquiera, en la siguiente anotaba la hermosa columna de unos versos.  Al fin y al cabo Esculapio y Apolo fueron hermanos.
A pie, en sulky, en automóvil, de casa en casa, de chacra en chacra, de estancia en estancia, bajo el sol abrasador, por nuestros caminos llenos de pantanos, mi estilográfica doctoral iba anotando tipos, escenas, paisajes, y de todo ello, y de mis versos de amor, escritos casi siempre a desesperación de ausencia y a puro rigor de ojos negros, y de aquellos otros en que evoco mis días montañeses y castellanos, quiero daros muestras esta noche…”
Imaginemos entonces al poeta diciendo sus versos, recital que comienza con uno de sus poemas más famosos…

 Setenta balcones y ninguna flor

Setenta balcones hay en esta casa,
Setenta balcones y ninguna flor…
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?


¿Ninguno desea ver tras los cristales
Una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
En los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
No sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave…
¡Setenta balcones y ninguna flor!


Caminos

Huyo, siempre que puedo,
De las frías veredas.

Prefiero los ladrillos



La cuna

Hoy no pudimos más, y envueltos
Del crepúsculo azul en la penumbra,
Nos fuimos por el pueblo lentamente
   A comprar una cuna

Y compramos de intento la más pobre,
Mimbre trenzado a la manera rústica,
Cuna de labradores y pastores…
   Hijo: la vida es dura.

Por una hormiguita…

Las hojas verdes, las baldosas rojas,
Templado el sol y lánguida la brisa,
Bajo la parra familiar del patio,
En los maternos brazos sonreías.

Yo pensaba feliz al contemplarte:
¡dulce es el mundo, sin dolor la vida!
Cuando te echaste bruscamente al suelo
Y tu inocente pie mató una hormiga.

Tú seguiste por el patio.
Rezo estos versos yo por la hormiguita.

La torre más alta

-La torre, madre, más alta
Es la torre de aquel pueblo,
La torre de aquella iglesia
Hunde su cruz en el cielo.

Dime, madre, ¿hay otra torre
Más alta en el mundo entero?
Esa torre sólo es alta,
Hijo mío, en tu recuerdo.

Tu brazo de siete años
Alcanzaba sin esfuerzo
Una piedra a sus campanas.
¿Te acuerdas hijo?  -Me acuerdo.

Pero la torre más alta
Del mundo, es la de aquel pueblo.

 Baldomero Fernández Moreno

 
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