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sábado, 02 de agosto de 2008 |
Si fuera tan sencillo… Pensar en cómo será nuestra vida dentro de cinco o diez años, si es que tenemos la suerte de permanecer aún esquivando a la parca, es una tarea muy difícil. Y no me digan que no se han hecho ese tipo de pregunta. Si aún no se lo han cuestionado, ya sería hora… Imagínense que queremos complicar un poco más el problema. No sólo pensar en nuestra vida, sino en todo el mundo. Y no sólo cinco o diez, sino pensar en cien años. Eso significa enfrentarse a una tarea casi imposible, y seguramente causaremos gracia cuando nos lean dentro de un siglo.
Cualquier nota que hagamos hoy buscando viejas premoniciones futuristas podría por lo general llamarse “El futuro que no fue”, o algo por el estilo. Veamos un sencillo ejemplo: …“Cómo será todo dentro de cien años, cuando las invenciones modernas hayan llegado al punto más alto de desarrollo, que hasta Edison se sentiría celoso? En el año 2001 se verán rascacielos más altos que las nubes, con más de doscientos pisos. En la calle no habrá espacio para coches, de manera que se construirán rieles en el aire, y habrá andenes adosados a los rascacielos, en los que la gente esperará los coches. Las líneas de coches tendrán diferentes nombres, y se podrá ver “Línea Aérea Manhattan” a cientos de metros de altura. Habrá naves aéreas y carruajes amarrados a globos para el transporte de la gente por el aire, y a menudo se verán colisiones en las nubes. En uno de los rascacielos, en el piso 119, habrá un letrero que advierte: “Ancianos Recuperan la Juventud con Electricidad, Mientras Usted Espera!!” … Esto lo escribió en 1901 Arthur Palm, un estudiante de 14 años. No todo lo que dice es disparatado, pero las cosas no se parecen mucho a eso. ¿O si? El mundo cambió, y sigue cambiando, pero al parecer nadie supo (ni sabe) decir en qué dirección. Y si hay alguien que se adelantó, hasta los límites de lo incomprensible para su tiempo fue el gran Leonardo Da Vinci. Hace poco estuve observando unos programas científicos en televisión en los que se construían algunos de los aparatos que diseñó, ¡y funcionan! Ver un arcaico paracaídas de base cuadrada, parecido a la forma de una pirámide descendiendo en forma muy suave, sencillamente me impactó. Y como no podía ser menos, Leonardo abunda en la web. Desde mayo de 2007 está a disposición de todos los internautas un archivo digital que cuenta en su haber con seis mil páginas de la obra del genial artista italiano. En realidad es el puntapié inicial a la creación de una base de datos que apunta a contener versiones digitales de originales de la Edad Media y el Renacimiento, y que incluirá también autores franceses y alemanes. La bien llamada Biblioteca Leonardiana, inaugurada en 1928, presentó ahora e-Leo, el archivo digital de consulta sobre la obra de Leonardo, que además ayudará a leer y descifrar los intrincados apuntes del artista, gracias a un avanzado programa informático. Recuerden que por lo general se usa el prefijo e- para nombrar a las versiones electrónicas de algo: e-mail, e-book, e-tc… La iniciativa puesta en marcha por dicha Biblioteca cuenta con financiación de la Unión Europea, y según dice el diario español La Vanguardia, las páginas de los manuscritos de Leonardo están reproducidas en alta definición y con transcripción del texto. Pueden realizarse búsquedas de un tema específico entre los manuscritos y dibujos, y además se ofrece al consultante un índice semántico y un glosario para entender a qué hacía referencia Leonardo cuando utilizaba alguna que otra palabra. Si bien hace falta estar registrado para poder visitarlo, vale la pena dedicar algunos minutos para completar el formulario y luego perderse en el maravilloso mundo de Leonardo da Vinci. ¿Y si una mente tan poderosa como la de Leonardo viviera hoy qué cosas estaría inventando? Una idea podríamos tomarla de alguno de los grandes concursos de invenciones que existen a nivel mundial. Por ejemplo, cada año, la revista Popular Science (Ciencia Popular) organiza un concurso de inventos. Uno de los últimos ganadores fue un grupo de estudiantes del Instituto Politécnico Worcester de Massachusetts. ¿Cuál es su creación? Un “mouse” que se lleva puesto como anillo y un sistema de sensores que detecta su posición en el espacio, en tres dimensiones. El anillo tiene un pequeño parlante que emite constantemente pulsos de ultrasonido (sonidos no audibles por el ser humano). Para “escucharlos”, los estudiantes usaron cinco sensores formados por micrófonos muy sensibles, unidos todos a una misma plancha de madera terciada pero ubicados cada uno en distinta posición. Gracias a la combinación de anillo y sensores, un circuito especializado puede calcular dónde está la mano en cada momento, y detectar pequeños movimientos del dedo que porta el anillo. Por ejemplo, el usuario ubicado frente a la plancha de sensores puede “hacer click” en el aire con su dedo o “arrastrar” objetos con la mano. Los creadores creen que su invento, aún en pañales, será con el tiempo más práctico y más pequeño, y predicen un futuro para él en el trabajo con aplicaciones en las que la tercera dimensión cobra importancia, como programas para crear animaciones 3D o Google Map. Parece interesante, ¿no? Sin embargo, modestamente pienso que Leonardo estaría lejos de eso. Porque estos estudiantes lo que han hecho es buscar una buena aplicación de inventos ya existentes. Y ya entramos en un terreno de filosofía de la ciencia. ¿Cuándo algo puede ser considerado un invento, y cuándo no pasa de ser una simple acumulación de cosas ya inventadas? No es sencillo el límite, si es que lo hay, y es muy fácil confundirse. Por otra parte, para patentar un invento se deben cumplir ciertos requisitos, presentar planos, llenar formularios, etc. Pero esos son los trámites para patentarlo. En realidad el invento surge de una idea abstracta, que después habrá que llevarla a la práctica si es posible. Por ejemplo, a mí se me ocurre inventar un teclado de computadora que no sea más ancho que una cartulina. Que en el centro del cuadradito donde está dibujada cada letra (no tiene teclas, por supuesto) haya un sensor que se activa cuando pongo mi dedo sobre él. Cuando ya lo usé lo guardo en el cuaderno, o lo arrollo y me lo llevo en un tubito para protegerlo. ¿Con sólo tirar esa idea ya estoy inventando algo?¿O hay que esperar a que alguna empresa lo llegue a considerar comercialmente rentable y se decida a llevar adelante las investigaciones que lleven a construir uno? En definitiva: ¿dónde está el inventor? Dentro de siete días, en estas páginas espero darles la respuesta
JOSÉ ALFREDO FERNÁNDEZ SANDE
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