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Tú, en el Arco Iris PDF Imprimir E-Mail
viernes, 25 de julio de 2008
Tú, en el Arco Iris
Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda más tenga vida eterna.  Juan 3/6.

Desde el Imperio Romano
    hasta nuestros días, el es-
    píritu y sentimiento cristianos han dejado testimonios im-borrables en la literatura.  Desde el Nuevo Testamento con los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas del Apóstol de los Gentiles o Saulo de Tarso o San Pablo, el primer gran escritor de la literatura cristiana universal.  Según Guillermo Díaz- Plaja «maravilla de estilo al servicio de su encendido fervor».  Continuadores de la obra de los Apóstoles y luchadores acérrimos contra las herejías y de exaltación del Cristianismo dieron, luego, lugar a la literatura patrística con la figura egregia de la antigua literatura latino-cristiana: San Agustín.  Su obra más difundida «Confesiones», cuenta su peregrinaje vital y espiritual desde los años de impiedad hasta el logro de la verdadera Fe.  Otra obra suya insoslayable es «La Ciudad de Dios».  Vendrán luego los caminos de la cultura monástica (donde a través del latín se unen cultura y clerecía).  ¡Y qué decir de los monumentos literarios medievales españoles e italianos en cuya cúspide señorea «La Divina Comedia»!

    Así, el espíritu de la Cristiandad, como expresión cultural, crece y evoluciona, halla campo propicio en las primeras universidades y en el menester de los clérigos o mester de clerecía.  Por ejemplo, Gonzalo de Berceo con el culto a la Virgen y a los Santos. Y una figura descollante de la mística española y universal, la avileña Santa Teresa de Jesús, en cuya doctrina plantea la necesidad de unir el recogimiento contemplativo con la actividad práctica «Marta y María han de andar juntas» afirma.  Sus obras, la mayoría de tono autobiográfico, cautivan por la sencillez y la naturalidad del estilo, la delicadeza, la espiritualidad, la elevación mística y la ternura.

    Y en nuestra América, baste citar dos nombres, cumbres del milenario México: Sor Juana Inés de la Cruz (Siglo XVIII) y Amado Nervo (especialmente en sus primeras producciones, finales del Siglo XIX y comienzos del XX).

    Pero, henos aquí, ahora, en los albores, aún, del Siglo XXI, con este resurgimiento de la mística cristiana en la obra del Padre Francisco José Robles, de la Abadía del Niño Dios en la ciudad de Victoria, Entre Ríos: «Tú, en el Arco Iris».

    El altorrelieve «Cristo en el Arco Iris», que ornamenta uno de los flancos de la Abadía, actúa como disparador y leit-motiv de esta obra galardonada, justicieramente, con el Premio Libro de Oro Diamante, en el XII Encuentro Internacional de Poesía y Arte.
    «Él -Cristo- es el gran poeta y constructor de nuestras personas y de nuestras vidas», nos dice.  «Maravillosa síntesis bíblica... poemario místico e iluminador... lleno de luz y de entrega», lo define la Lic. Ana María Zanello Muñoz.  «El Arco Iris -según cita bíblica, Cf. Gn 9, 16- aparece y se interpreta como el signo de la Alianza, que es iniciativa de un Dios que quiere permanecer en diálogo y en amistad con la humanidad, más allá del fracaso de la mentira y del pecado».  Y el Padre Robles «desde la contemplación de la imagen del Arco Iris -dice el P. Eduardo Ghiotto- describe la historia de la Alianza misteriosa que Dios hizo con la humanidad».  «La poesía y el lenguaje parabólico de Jesús -señala- son formas de expresión abierta y universal... invitan a asomarse al misterio... La poesía no pretende enseñar verdades ni relatar hechos del pasado.  No es doctrina ni historia.  Es vida.  El Cosmos (El Arco Iris), la historia (la viña) y la experiencia humana (el amor conyugal) son iconos bíblicos, que nos introducen en la contemplación y en la comprensión de una relación (Alianza) que comienza y culmina en el Amor Increado y Eterno de Dios».

    A su sombra tutelar, el Padre Robles, conforma, entonces, su obra con una Introducción (El Llamado); cuatro partes: Creación,
Ruptura y Promesa; La Redención; La Existencia y La Esperanza en otra Vida; y una conclusión: En el Arco Iris la Alianza definitiva.

Y como notas de la prepara-
    ción ascética del alma, su
    poesía mística busca la unión íntima y suprema del alma con Dios.  Y nos cuenta su experiencia de creación desde el leit-motiv -como semilla que cae en tierra fértil- hasta la verdad de estas páginas que lo llevan a adentrarse con humildad «por los territorios de Dios» y decir del amor que llevó a Jesús a morir por nosotros.  Así, expresa en «Yo te envío»: «En el umbral del tiempo/ me amabas./Ya era en Ti». Y la glorificación del Verbo: «Al principio existía la Palabra.  La Palabra estaba junto a Dios.  Y la Palabra era Dios.  Al principio estaba junto a Dios.  Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra.  Y sin ella no se hizo nada de lo que existe.  En ella estaba la vida.  Y la vida era la luz de los hombres» según cita bíblica Jn 1, 1-5.  Y pide «Cierra tus ojos/ oye mi voz/ escucha/ la Palabra».  Palabra que nos une en comunión de ideales o, que, vuelta rezo, eleva a Dios el alma, palabra que, gozosos, también, hoy, aquí, compartimos.  Luego, la recreación del Génesis en estos versos «Al instante apareció rodeada / envuelta/ en los lienzos de la aurora... / Era ella, la Tierra...» y todas las maravillas de la Creación se suceden, sucinta y gratamente al vuelo de su pluma.  Y, después, La «Ultima Cena» nos la va a representar en una interpretación personal y reveladora, de este modo:  «La Ultima Cena dejó de serlo/ y fue la primera/ triunfal,/ pretérita y única./ Profecía, Anuncio, Presencia./ Legado y anticipo por siempre/ para siempre/ hasta el Arco Iris,/ Alianza desde antiguo».  Y el verbo y verso se vuelven loas para cantar el triunfo de la vida «ella se establece y perdura» y la paz y la serenidad de la muerte.  La Comunión, el Amor, la Redención, al fin, y «el eterno encuentro/ cálido espacio/ sitio de alianza/ junto al Arco Iris».  La palabra de Robles desde este libro -como lo será, seguramente, desde el púlpito- enciende y aviva la Fe.  «El Camino, la Verdad y la Vida y un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva».  Los «Poemas en Negro» parecen luego romper la Armonía de la obra cuando debe cantar -rebeldía, dolor, lamento- la traición de Judas.  Pero, a modo de quien crea y orquesta un gran poema sinfónico, el autor sigue y va -en prodigio de notas- del dolor al remanso «Silencio de Viernes Santo» y a una exultante alegría que expresa con sonoros octosílabos:  «la muerte ha muerto y ha visto/ la luz: ¡la Resurrección!»

    En la parte tercera, que celebra la existencia: «Vida interior e iluminación», la palabra de San Agustín luce, como epígrafe de oro:  «¡Tarde te amé.  Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!... Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.  Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.  Me llamaste y clamaste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.» («Confesiones»).  Y canta Robles:  «Oro en lo oculto de la noche,/ cubierto en el llanto de los astros/ la aurora me arrulla sumisa/ acunando mi ser junto a Ti».  Y más, «Lágrimas celestes/ custodian mi clamor/ desde la hondura./ ... Tierra que soy/ sabor a barrro;/ pero incluso así/ el limo de mi cuerpo/ beber del cielo/ sin más anhela».  Para reconocernos con humildad y expresar nuestro anhelo de Dios.  También el dolerse del dolor ajeno dice de nuestra alma emparentada con Dios:  «Me duele el dolor de los demás,/ en el alma y en la carne./ ¡Sufro el sufrir ajeno!/ Tu dolor lo sufro en mí.../ Y no quiero remediarlo/ porque creo en el Amor/ y espero en Ti.»

    Y hacia el final:  «En mis infinitos interiores/ danza la Gracia de Dios/ se expande/ se expresa/ y me trasciende./... Existiremos./ Sí, hemos de ser/ por siempre jamás/ allende la muerte/ en donde está la Vida./ La nueva, la definitiva/ concluyente./... A tu lado/ junto a Ti/ en el Arco Iris./... Contemplaba/ la creación/ su último capítulo./ Pieza acabada.» Y desde el Apocalipsis, 22,5: «Tampoco existirá la noche, ni hará falta la luz de las lámparas, ni la luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará».

    En suma, un libro magistral, revelador, acuciante, que fortalece la Fe y enciende latidos, de luz, de amor, de confianza, tan necesarios en estos tiempos impiadosos, y con la esperanza y certeza, al fin, de la vida eterna.

Gerardo Molina

Mayo de 2008

Poemas:
Madurez, 86
Me quedo en mis silencios, 102
 
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