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La página literaria - por Gerardo Molina
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jueves, 07 de febrero de 2008 |
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Kavadivas
(Cuentos
con Psicología)
Publicaciones
Recibidas. «Kavadivas» de Maritza
Barreto, 104
páginas,
Altovolta ediciones, Chile, noviembre de 2006.
Continente
y contenido en ideal conjunción hacen de este libro un hito de la nueva
narrativa latinoamericana. La introducción y texto de contratapa nos
familiarizan con la autora (chilena, con estudios y formación académica en la
Universidad de la República de nuestro país). A sus nueve años, vislumbraba ya los mágicos caminos de la palabra, con
incipiente cuanto prometedora pluma (tendido «medio cuerpo sobre la mesa del
comedor… lápiz y papel en mano») y el estímulo paternal. Años después,
ordenador y editor pusieron alas a sus sueños.
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viernes, 01 de febrero de 2008 |
Sin Pena en la Palabra
Publicaciones Recibidas. «Sin Pena en la Palabra» de Osvaldo Guevara, 106 páginas, Código Gráfico, Córdoba, 2007. Osvaldo Guevara es un referente insoslayable de la actual poesía argentina. Cordobés, riocuartense, desde hace poco más de tres décadas ha tomado como su patria chica a la ciudad de Villa Dolores, Capital de la Poesía, desde donde ejerce su rectoría y magisterio poéticos y desde donde se proyecta a las demás provincias y países de América. Su obra es objeto de estudio en las Universidades de Córdoba y trasciende por sus relevantes méritos de autenticidad y belleza. Devoto del soneto -gran admirador de nuestro Julio Herrera y Reissig- siempre vuelve a «ese indeseable deseado» como reza el título de una de sus obras. Pero también, seguro dominador de su métier, cultiva otros metros clásicos y accede naturalmente -como todo gran poeta- a su propia forma lírica, de personal y acendrado ritmo. Como nuestro recordado Ovidio Fernández Ríos sabe que «lo humilde es señor de lo grande» y canta en sus poemas a las cosas sencillas y seráficas, a seres y lugares -sitios y personajes que rescata del olvido- y su propia subjetividad y visión personal de la vida afloran con hondo sentir no exento de rebeldías. Dice del autor, la periodista Pampa Olga Arán en el diario «La Voz del Interior» (1999): «Guevara siempre ha sabido mirar lo que casi nadie ve, el hombre que habita la tierra con gran dolor, y su escritura, toda, encuentra la razón de su canto desde el lugar desplazado del hombre común que respira escribiendo. Su palabra será siempre obstinadamente lírica porque es indivisible de su yo.» Ha publicado: «Oda al Sapo y Cuatro Sonetos» (1960); «La Sangre en Armas» (1962); «Garganta en Verde Claro» (1964); «Los Zapatos de Asfalto» (1967); «Años y Perjuicios» (1975); «Niña Carmen» (1983); «Diario de Invierno» (1990); «Sólo Sonetos» (1991); «Primera Persona» (1994); «Poemas en Verso y Prosa» (1997); «Diálogos Memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez» (1997); «Conversando con Gaspar Pío del Corro» (2000); «El Soneto, ese Indeseable Deseado» (2005) y «Sin Pena en la Palabra» (2007). Compartimos con nuestros lectores algunos de los poemas de su reciente libro:
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miércoles, 23 de enero de 2008 |
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Alfonsina
Storni
"... bájame la lámpara un poco más"
El
soneto "Voy a dormir" -cuyo documento original reproducimos- fue
despachado desde el correo de Mar del Plata por la poetisa poco antes de su
muerte, que buscara por propia decisión. El poema se constituyó así en una
colaboración póstuma de la autora para La Nación que lo publica en su
Suplemento Literario del 26 de octubre de 1938.
Molina 24 archivo escaneado texto
Dientes
de flores, cofia de rocío,
manos
de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme
prestas las sábanas terrosas
y el
edredón de musgos escardados.
Voy a
dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme
una lámpara a la cabecera;
una
constelación; la que te guste;
todas
son buenas; bájala un poquito.
Déjame
sola: oyes romper los brotes
te
acuna un pie celeste desde arriba
y un
pájaro te traza unos compases
para
que olvides... Gracias... Ah, un encargo
si él
llama nuevamente por teléfono
le
dices que no insista, que he salido...
Alfonsina Storni
...Desde
Sala Capriasca a la Argentina
Al pie de la montaña, en un eglógico pueblecito
del cantón italiano de Ticino (Suiza), nació Alfonsina el 29 de mayo de
1892. Singular destino el suyo, llega
muy pequeña a estas tierras de América para transformarse con el tiempo en una
de sus más celebradas poetisas. Dos veces visitará su tierra natal en 1930 y
1932. En el acta de bautismo de la
poetisa que consta en la Parroquia de Tesserete (1892)- cuenta Edgardo
Roncoroni- al margen se lee "Grande poetessa morta al mar della
Plata", anotación de puño y letra del padre Osvaldo Crivelli.
Foto escaneada
En
Montevideo…
Con el novelista Manuel Gálvez y su esposa,
llega por primera a Montevideo en 1920. Numerosos admiradores de su obra y escritores amigos la recibieron.
Entre ellos, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Dora Isella Russell y Gastón
Figueira.
De esa época se
recuerdan sus conferencias en la Universidad de la República, en especial la
dedicada a Delmira Agustini. Pero la
visita más trascendente sería, sin duda, la realizada en el verano de 1938,
invitada por el Ministro de Instrucción Pública de la época, Eduardo Víctor
Haedo, junto con Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou, para que se expresaran
sobre su experiencia poética, "la confesión de la forma y manera de
crear". Ese encuentro de las voces líricas femeninas más importantes de
América proyectó durante mucho tiempo sus resonancias luminosas. El crítico y estudioso de la obra de Juana,
Jorge Oscar Pickenhayn, cita las manifestaciones de nuestra poeta sobre
Alfonsina, vertidas con rigurosa sinceridad en su libro "Mis amados
recuerdos" (1958). Allí dice
Juana: "Entre Alfonsina y yo no hubo
nunca esa aproximación profunda que llega a ser una amistad del alma….. La desventura la alejó de cuanto era entonces
mi apacible universo. Era imposible que
coincidiéramos en algo. Sin embargo, cuando leí su "Carta lírica a
otra mujer" (Revista "Nosotros",
setiembre de 1920), tuve ganas de escribirle diciéndole en qué forma ese poema
magnífico y amargo, voz de millones de mujeres desoladas, me había
conmovido. Pero no lo hice temiendo una
de sus frases burlonas, pirueta dramática que no era, hoy lo entiendo, más que
un disfraz de la emoción que le avergonzaba mostrar." También evoca en esa
obra el Acto en Montevideo, veinte años antes junto a ella y Gabriela: “… Sólo quedo yo, no sé por cuánto tiempo, con
dos muertas ilustres suspendidas virtualmente del cuello, porque la crítica y
el público lector de América nos han soldado en un tríptico indisoluble. ¡Estremecedora y gloriosa compañía!"
Su obra
A sus primigenios: "La inquietud del
rosal" (1916); "El dulce daño" (1919),
"Irremediablemente" (1919) y "Languidez" (1920); siguen, ya
acendrado el métier, obras que cimentan su gloria como "Ocre" (1925);
"Poemas de Amor" (1926); "Mundo de Siete Pozos" (1934) y
"Mascarilla y Trébol" (1938). En este año, preparó también su
"Antología".
Cerramos esta evocación, con la reproducción
de otros dos de sus sonetos: "Eros" y "El Recuerdo" que
corresponden a distintas etapas de su creación:
Eros
He aquí que te cacé por el
pescuezo
a la orilla
del mar, mientras movías
las flechas
de tu aljaba para herirme
y vi en el
suelo tu floreal corona.
Como a un
muñeco destripé tu vientre
y examiné tus ruedas engañosas
y muy envuelta en sus poleas de oro
hallé una trampa que decía: sexo.
Sobre la playa, ya un guiñapo triste,
te mostré al sol, buscón de tus hazañas,
ante un corro asustado de sirenas.
Iba subiendo por la cuesta albina
tu madrina de engaños, Doña Luna,
y te arrojé a la boca de las olas.
Alfonsina Storni
El recuerdo
De aquel poeta joven que se murió de frío
cuando la Primavera preludiaba el Verano
yo conservo el recuerdo que me diera su mano
una tarde paseando por la orilla del río.
Es un jazmín, recuerdo que lo robara impío
sangrándose las manos en alambre tirano
y me lo dio después con un gesto de hermano
cariñoso y sereno para el cabello mío.
No nos amamos nunca. El se fue a los países
de donde no se vuelve. Murieron los matices
de la flor que conservo amarilla y rugosa.
¡Pero suelo besar esa flor marchitada
con toda la tristeza que leí en su mirada
el día que iniciara la marcha tenebrosa!
Alfonsina Storni
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sábado, 19 de enero de 2008 |
Arboles (VI)
¿Cuánto vale un árbol?
El profesor T.M. Das, de la Universidad de Agricultura de Calcuta, India, sugiere que un árbol de buen porte que viva 50 años, normalmente brinda a su comunidad servicios valuados en aproximadamente 196.250 dólares. El árbol producirá un valor de 31.250 dólares de oxígeno y otro tanto en control de erosión de suelo y agregados de fertilidad al mismo. 62.500 dólares en control de contaminación del aire; 37.500 en reciclaje de agua y control de humedad; 31.000 en protección de animales y pájaros y 2.500 en proteínas; estos valores incluyen frutos y flores. El árbol vendido comercialmente brinda menos del 0,3 °/° de su valor real.
(Pulpwood Highlights, volumen 3 al 6, de American Pulpwood Association, 1981)
El nogal de Paderne
... El viejo Maldonado tenía prisa en descender a la huerta. Cuando llegamos a aquel paraíso, mi amigo dio algunos pasos, se detuvo, levantó la vista y me dijo, sacándose respetuosamente el sombrero: -¡Aquí tiene, ahora, el nogal de Paderne! Miré. En efecto, en medio de la huerta, aislado, se erguía un árbol venerable, árbol de bosque sagrado, cuyo tronco, gigantesco, armonioso, lanzado con la nobleza de una columna, reventaba en lo alto en enramadas fuertes, dispuestas en actitudes humanas de súplica e imprecación, y se coronaba con una cabellera frondosa, lozana, palpitante, donde las hojas pequeñas, en el movimiento de la brisa, bullían y centelleaban. La vetustez de la corteza, rugosa, seca, hendida, polvorienta, preñada de líquenes como una ruina, era compensada por el aplomo del tronco, por la vida de la fronda, por la fuerza de las ramas, por el vigor de las raíces, que se veían, que se adivinaban en jorobas en la tierra, dos metros alrededor, revolviendo, estrangulando, sorbiendo el humus, pareciendo querer reventar los terrones y las piedras con su abrazo, como tentáculos de un pulpo formidable. Cuando nos acercamos, una banda piante de pájaros salió del antiguo árbol. Todo concurría para comunicar a aquel tronco patriarcal, vestido con su corteza dura y negra cual un gigante una armadura de hierro, la vibración, el temblor de la vida: las hojas, bullendo; las aves, gorjeando; el escalofrío de la brisa, la exhalación de frescura; el mismo murmullo de la selva -alma verde de la floresta- que nosotros presentimos subiendo, desde la más honda raicilla, húmeda de tierra, hasta la rama más alta, dorada por el sol. ¿Qué manos piadosas de hermana o fraile habían plantado este árbol -tan viejo, tal vez, como el monasterio- que todavía se obstinaba en vivir, cuando, en derredor suyo, todo era ya muerte y ruina, los hombres, las creencias, las tradiciones, las mismas piedras, el mismo Dios? Delante de aquel viejo abuelo de seis siglos, hermano del célebre castaño de Figueiredo-das-Donas, comprendí el gesto religioso de mi amigo, e iba a descubrirme también, cuando el pilluelo que nos acompañaba, espantado de nuestra adoración, nos lanzó, con una risa estúpida: -Es un árbol viejo. Mañana lo van a echar abajo. -¿El qué? ¿Van a cortar este árbol?- rugió Maldonado, trémulo, mirando al rapaz. -Yo no sé… Fue el señor Blas quien lo mandó. -¿El nogal de Paderne? ¿El señor Blas manda cortar el nogal de Paderne y el pueblo no se revoluciona y las campanas no tocan a rebato? El honrado hombre, temblando de pies a cabeza, enjugó con su pañuelo la frente inundada de sudor; y pidiéndome que lo esperase un instante, echó a correr por la huerta, seguido del muchacho gritando: ¡Destruyen todo! ¡Dan fin con todo, en este país!
El abrazo
… Quedé solo en aquella huerta de frailes, sentado en uno de los bancos de piedra, mirando en silencio el gran nogal condenado.. ¡Lo que es el árbol para el hombre!...´ ¡Y con qué ingratitud le paga el hombre!… El árbol es quien lo viste, quien lo alimenta, quien le da la frescura de la sombra., la pulpa rezumante de sus frutos, el arado romano para la labor, el pocero de las vendimias, el carro, la noria, el barco, la cuna en que nace, el ataúd en que lo entierran; es el árbol quien lo protege de los vientos, quien purifica y embalsama el aire que respira, quien en las largas noches de invierno se deshace en brasas para calentarlo; es su compañero, su amigo, su hermano… y a pesar de todo ello, ¡con qué dureza de corazón el hombre lo hiere y lo maltrata y lo abate inútilmente, sólo por el bárbaro placer de destruir, por el instintivo rencor a toda criatura viva que, en la superficie de la tierra, se eleve a mayor altura que él! Si no existiese el árbol, el hombre, creación de la «edad de oro», no habría podido sobrevivir. Después de Dios fue el árbol -la madre verde- quien hizo al hombre; quien lo nutrió a sus pechos; quien lo amparó en su regazo; quien, con la música de los nidos, le enseñó a cantar y a llorar. En las primeras edades, en las civilizaciones primitivas el hombre adoró al árbol, construyó en medio de los bosques sus blancos templos, declaró sagrados los laureles, las encinas, los cipreses, pobló la floresta con sus dioses: faunos hirsutos, silvanos risueños, dríadas y amadríadas desnudas, cuyos blancos cuerpos retozaban voluptuosamente en la selva fresca. Pero los dioses pasan a prisa -¡qué sería de nosotros si así no fuese!- y el hombre emancipado se olvidó de todo lo que le debía al árbol. Los descendientes de los dendrólatas se tornaron arboricidas…… Y sin embargo, cada vez precisamos más del árbol. ¿Qué sería de nosotros si los bosques no regulasen el régimen de las lluvias, no impidiesen el desvestimiento de las rocas, no dirigiesen el curso de los nacimientos de agua, no purificasen la atmósfera, no corrigiesen la temperatura, no proporcionasen a la naturaleza esa espiritualidad, ese sentimiento edénico, que nos hacen hallar dulce la vida y bellos los paisajes? Por los árboles -más que por los prados o las montañas- se comunica a nuestra alma el sentimiento fraterno de la naturaleza. Por eso, los artistas los sentirán y los amarán siempre. Por eso Petrarca mandó plantar un laurel sobre la tumba de Virgilio. Por eso Tolstoi pidió que le diesen una sepultura humilde «rodeada de árboles». Esa emoción profunda fue la que hizo decir a Ruskin: «Plantad árboles para dar sombra a la humanidad del mañana.»
En esto, un ruido de voces interrumpió mi meditación. Era Maldonado que regresaba, acompañado por el pilluelo y el señor Blas, en cuya cabeza, atada con un pañuelo rojo de España, se veía ahora un gran sombrero miñense. Venía ligero, risueño, inundado de júbilo. -Está salvado el nogal de Paderne!- me gritó de lejos abriendo los brazos. En efecto, había comprado el árbol, a condición de que continuara viviendo y echando ramas, frondoso y majestuoso, en la huerta de los frailes cartujos. Y cuando pensaba que mi amigo, siempre con los brazos abiertos, venía a abrazarme con efusión… lo vi caminar hacia el tronco del viejo nogal: lo ciñó, lo estrechó, lo acarició con sus manos robustas, acostó sobre la corteza verde de líquenes su noble cabeza blanca, y lloró en silencio, religiosamente, dos lagrimones de alegría. El sol quemaba. En la refulgencia de la atmósfera, la fronda del gran nogal se erguía como una claridad, como una llama viviente. Y yo, conmovido, contemplando aquel abrazo panteísta de dos viejos, vi en él un símbolo perfecto de la unión fraternal y milenaria del árbol y el hombre.
Julio Dantas (portugués)
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