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VIDENTE
No creo serlo, y por si fuera poco, no creo en
ellos. Y me molesta cuando alguno sale a hablar de las cosas que predijo y
finalmente ocurrieron, ya que por lo general se olvidan del 90% de aquellas en
las que fracasan estrepitosamente. Es una cuestión de probabilidad. Si yo tiro
ahora 100 predicciones para este año, es probable que en alguna le emboque. Es
más, sería increíble si le errara en todas. Por ejemplo, afirmo que en 2008: va
a fallecer el presidente de algún país latinoamericano, en Medio Oriente se va
a producir un terremoto que costará cientos de vidas, se va a descubrir una
vacuna para una de las enfermedades que más preocupan a la humanidad, un
deportista uruguayo logrará un campeonato mundial, y así hasta llegar a 100 de
estas sentencias. Pero si actúo con honestidad intelectual, cuando culmine el
año tendría que hacer un balance de TODO lo que se dijo. Por lo general, los
“iluminados” sólo se van a acordar de aquellas que resultaron parcial o
totalmente ciertas. Y eso es deshonesto. Yo los llamo sencillamente CHANTAS.
Si tienen dudas de lo que digo, hagan ustedes
mismos una lista de predicciones con no menos de diez sentencias. Se van a
asombrar, siempre que no sean excesivamente descabelladas, de la cantidad de
aciertos que tienen. Y eso no los transforma en videntes o adivinos.
Simplemente se cumple la ley de las probabilidades. ¿O conocen algún vidente
que aunque sea UNA VEZ al año saque la lotería y se vuelva millonario? No pido
que acierte todas las semanas, ni una vez por mes. Con una vez al año me
alcanza. Si lo conocen, avisen, y le compramos los datos...
Ya sé, ya sé. A esta altura se estarán
preguntando a dónde quiero llegar con todo esto en una página que se supone que
trata temas de tecnología digital. Por suerte, cualquier vecina que lea estos
artículos sabe que muchas veces la introducción es para meternos en el tema por
una vía lateral, evitando la habitual frialdad de las noticias técnicas. Pero
resulta que hace unos días leía en la prensa un titular (y lo vi en más de un
lugar) en el que aparecía la Ministra de Interior con el apodo de “Gran
Hermana”, en referencia a unos sistemas de vigilancia en lugares públicos que
se piensan implementar en nuestro país. Más allá de las consideraciones éticas
y morales, que desarrollaremos más adelante, les recuerdo que en estas páginas
ya habíamos tratado esos temas, y cómo se estaban llevando a cabo en otros
países. Y eso fue tres o cuatro años atrás por lo menos. Lo que no me
transforma en un vidente, sino simplemente en alguien que tiene acceso a
determinada información, y tan sólo por eso parece estar más adelantado que el
resto. Pero es sólo una ilusión.
Y les decía que hace ya unos años habíamos
tocado el tema de la vigilancia electrónica, a la que somos sometidos
diariamente más o menos sin darnos cuenta. Si agregamos cámaras de video en
plazas, paseos, terminales de transporte, etc. la cosa ya entra a “casi”
invadir la privacidad. Pero la pregunta central es: ¿tenemos derecho a reclamar
privacidad en lugares públicos?
Pongo un ejemplo reciente, y que creo que aún
no ha llegado a nuestro país. Hace un par de meses hice un viaje por trabajo a
la Provincia de Buenos Aires, y en la terminal de ómnibus (como si acá fuera en
Tres Cruces), me pedían el número de documento. Cuando me imprimen el pasaje,
aparece ese dato, y además aclaran que se debe a una determinada ley. Más allá
de que tuvieron problemas para introducir el número de un documento uruguayo,
seguramente quedé registrado en algún sistema de seguimiento de personas. Y no
es que sea mal pensado.
En
este mundo mediático que nos ha tocado vivir (¿sufrir?), hay gente que trabaja
en el límite de la ley con tal de satisfacer los deseos y curiosidad de los
demás. Un caso concreto son los papparazzi. ¿Hasta dónde tienen derecho de fotografiar
a alguien que está tomando sol en el fondo de su casa? Ni hablemos de la
vinculación con hechos más lamentables (muerte de Lady Di, problemas varios con
Maradona y otros famosos, etc.) No estoy tratando de cercenar el derecho a la
libertad de expresión. ¿Pero dónde queda aquello de que la libertad de los
demás termina donde comienza la mía?
Y
ojo, que los pobres tipos son en realidad semi-suicidas que tratan de ganarse
un mango arriesgando su seguridad para obtener “La foto”. Estamos acostumbrados
(lo que no es bueno) a ver cómo son agredidos por los guardias de seguridad, y
a veces por sus propios perseguidos. Molestan, porque son demasiado visibles.
Pero
hay otras formas de enterarse de lo que hacemos supuestamente en forma privada,
y que a veces es utilizado para aprovecharse de nosotros. Por ejemplo, hace
algunos años vino un vendedor que sabía que yo había realizado determinadas
compras con mi tarjeta de crédito. ¿Quién le brindó esa información? Porque si
bien sus intenciones no eran malas (trataba de venderme un producto similar),
no todo el mundo tiene porqué obrar así. Y esa es sólo una punta de la madeja.
Otra
vez fuimos a un comercio que gira en el ramo de la vestimenta (nada demasiado
tecnológico), y decidimos pagar con tarjeta. Al indicarle nuestro número de
cédula de identidad a la vendedora, esta obtuvo en la pantalla de su
computadora (conectada vaya a saber uno a qué base de datos) toda la
información personal que uno pueda imaginarse: nombre, dirección, teléfono,
e-mail, etc. ¿Estamos siendo tan vigilados? La respuesta es simple: SI. Y las
computadoras han hecho todo mucho más fácil. Por lo tanto, aprendamos algunas
formas de prevenir. Y vamos a comenzar
por hoy con una definición que circula por ahí, y que define a este estado de
cosas como:
Surveillance Society (Sociedad de la
Vigilancia, Sociedad Vigilada) Sociedad en la que
la actividad pública y privada de las personas está sujeta a variados métodos
de vigilancia (legales, ilegales, públicos o privados), en gran medida a través
del uso de la Informática y de las Telecomunicaciones. Va desde la recogida y
digitalización indiscriminada de muestras de ADN a las bases de datos de
marketing y desde las cámaras de video situadas en los más variados lugares,
pasando por los más sofisticados sistemas de satélites. La semana próxima
daremos algunos ejemplos de ello.
Como verán, mientras
nos movemos ingenuamente, alguien nos vigila. Así que cada vez que andemos por
ahí, no es necesario que nos volvamos paranoicos, y estemos constantemente
mirando por sobre el hombro a ver si nos vigilan. Sobre todo, porque los
métodos son tan sutiles que ni cuenta nos vamos a dar. Alcanza con que alguien
tenga acceso a unas cuantas bases de datos para saber de nuestros pasos
digitando únicamente nuestro número de cédula: qué compramos y dónde, en qué
hotel nos hospedamos, por qué empresa viajamos, en qué cajero retiramos dinero.
Asusta un poco, no? Y al decir “un poco” me parece que me quedo corto.
JOSÉ
ALFREDO FERNÁNDEZ SANDE
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